Ocho Segundos
Lo que pasa cuando no pasa nada
Te cuento una cosa.
El otro día estaba en una cafetería del centro, una de esas que todavía tienen sillas de enea y camareros con tiza en la oreja. En la mesa de al lado, una chica —veintipocos, con cara de estar en algún sitio que no era ese— alternaba entre tres pantallas. El portátil, el móvil, y una tablet que parecía estar ahí solo para no sentirse sola.
En un momento dado cerró el portátil. Dejó la tablet. Y durante unos ocho segundos —los conté— se quedó mirando la pared.
Ocho segundos. Luego cogió el móvil.
No la juzgo. Yo he sido esa persona. Tú probablemente también. Y no es el hecho en sí, es lo que revela sobre nosotros.
Ocho segundos.
En el rodeo profesional, ocho segundos es lo que un jinete tiene que aguantar sobre un toro para que su monta sea válida. Menos de ocho y no hay puntuación. No cuenta. Es como si no te hubieras subido.
Ocho segundos sobre media tonelada de músculo y furia que hace todo lo posible por tirarte. Que gira, que cocea, que se retuerce con una inteligencia animal dedicada exclusivamente a quitarte de encima.
Es una imagen perfecta de lo que pasa cuando intentas quedarte quieto contigo mismo.
Siéntate. Cierra los ojos. Intenta no hacer nada. Simplemente observar.
Uno. Dos. Tres segundos de calma. Cuatro…
Y entonces la mente —tu mente, ese toro magnífico y salvaje— empieza a corcovear. Una lista de tareas pendientes. Un recuerdo incómodo. La letra de una canción que no sabes de dónde ha salido. Lo que tienes que comprar para la cena. Algo que dijiste hace tres años y que todavía te avergüenza.
Y caes. Siempre caes.
La chica de la cafetería aguantó ocho. Probablemente más que la mayoría.
Simone Weil, que era filósofa, mística, obrera de fábrica y probablemente la persona más incómoda de invitar a cenar en todo el siglo XX, escribió algo que me persigue desde que lo leí:
La atención es la forma más rara y más pura de la generosidad.
No dijo el amor. No dijo el tiempo. No dijo el dinero. Dijo la atención.
Weil entendía que prestar atención de verdad —atención sostenida, sin dividir, sin filtro— es el acto humano más costoso y más valioso. Que cuando le das a alguien tu atención completa, le estás dando literalmente lo más precioso que tienes. Y que cuando te la das a ti mismo —cuando te sientas y observas lo que pasa dentro sin escapar— estás haciendo algo que se parece mucho a la compasión.
Vivimos en una época que ya no necesita obligarte a nada. Te obligas tú solo.
Produces. Optimizas. Respondes correos a las once de la noche y lo llamas “ser responsable”. Scrolleas durante cuarenta minutos y lo llamas “descansar”. Confundes agotamiento con productividad y ansiedad con estar vivo.
Lo que falta no es tiempo. Es la capacidad de no hacer nada con él.
Vuelvo a la cafetería. La chica de las tres pantallas.
No sé nada de su vida. Puede que sea investigadora, diseñadora, o que esté sacando unas oposiciones a contrarreloj. Sus razones para estar conectada son tan legítimas como las mías.
Lo que me llamó la atención no fue que usara tres pantallas. Fue la velocidad con la que llenó esos ocho segundos de vacío. La urgencia. Como si el silencio quemara.
Y eso sí lo reconozco.
Los Yoga Sutras de Patanjali llevan más de dos mil años diciendo esencialmente lo mismo, y lo plantean con total economía:
Yogash chitta vritti nirodha.
Yoga es el cese de las fluctuaciones de la mente.
Toda la disciplina, toda la tradición, todos los textos y los siglos de práctica condensados en una frase. Aquieta la mente. Observa. Eso es yoga. Todo lo demás —las posturas, la respiración, las normas éticas— son herramientas para llegar ahí. Medios, no fines. Escaleras, no la azotea.
Rilke le escribió a un joven poeta que le pedía consejo y, siendo Rilke, fue directo al hueso:
Si tu vida cotidiana te parece pobre, no la culpes. Cúlpate a ti mismo. Dite que no eres bastante poeta para conjurar sus riquezas.
No hablaba solo de escritura. Hablaba de atención. De la capacidad de ver —realmente ver— lo que tienes delante. El vaso de agua. La luz de la tarde. Tu propia respiración entrando y saliendo.
Todo está ahí. Siempre ha estado. Pero hace falta silencio para notarlo.
No te voy a decir que el mindfulness va a cambiar tu vida.
Lo que sí te digo, desde la experiencia de alguien que lleva un rato en esto y que sigue cayendo del toro casi cada día, es que cambia tu relación con tu vida. No te da una vida mejor. Te da mejores ojos para ver la que tienes.
Hay una práctica que consiste en sentarte, cerrar los ojos, y observar lo que pasa. Los pensamientos que vienen. Las sensaciones. Los ruidos. Sin engancharte a nada. Sin rechazar nada. Solo mirar. Solo mantenerte arriba.
Es tremendamente simple. Y también difícil.
Porque el silencio no es la ausencia de ruido.
Es la presencia de atención.
Cinco minutos. Sin móvil. Sin podcast. Sin lista de cosas pendientes. Solo tú y lo que sea que aparezca cuando dejas de llenar el hueco.
Prueba esta noche. Observa qué pasa.
Un abrazo
Ch.
Si te interesa explorar esto con acompañamiento, PiMMY es nuestro Programa de Iniciación al Mindfulness. Cinco semanas, grupo pequeño, herramientas concretas para cultivar eso que Weil llamaba la forma más rara de generosidad.
No necesitas experiencia previa.



Me ha encantado la metáfora. He recordado que en las pelis del oeste, cuando aguantaban lo suficiente, el caballo se volvía manso... ¿Pasará lo mismo con este otro caballo?
Tan cierto...el reconocerse en esos ocho segundos. Gracias Chema